sábado, 4 de agosto de 2007
Nuevos terminos... viejos conocidos
viernes, 3 de agosto de 2007
Vives en la casa de tus papas... seguro eres arquitecto
Tengo 30 y vivo con mis viejos (y en el Perú)
Por Julio Silva Rosedal
Amigos extranjeros han mostrado sorpresa al enterarse de que a mi edad, aún habito la casa de mis padres. Nunca he podido darles una explicación extensa para esta realidad, porque vivir en la casa paterna en el Perú, no necesariamente tiene que ver sólo con la dejadez, comodidad o vagancia. Desde fuera puede parecer que un treintón asilado en la casa paterna es una ignominia social, un vaguito frescón que no se ha puesto los pantalones y no ha asumido cabalmente su destino; pero las razones peruanas para esta cárcel dorada tienen varias implicancias.
Un par de años antes de terminar la carrera de arquitectura inicié mis labores en algunas oficinas de diseño, según lo dictan los cánones profesionales. Esto, además de brindar cierta experiencia (a veces nula), llega también con la ilusión de recibir el motorcito económico de toda sociedad: el primer sueldo.
Antes habría que explicar que el Perú es un país en donde las cosas suelen suceder al revés: las revoluciones libertarias devienen en dictaduras, las recuperaciones democráticas en (salvajes) crisis sociales, el crecimiento económico en polarización social. A partir de la década de los 80, la clase media peruana se fue al carajo, desapareció del mapa. El país ahora está escindido: cierta oligarquía pudiente por un lado, el resto de nosotros por el otro. Ya no hay intermedios. Mi familia, como la de la mayoría de mis compañeros de universidad (nacional) provenía de aquella clase media acribillada por los malos gobiernos, el terrorismo y el liberalismo. Ahora, eufemísticamente, —Perú es el país de los eufemismos— se dice que nuestra nación se divide en sectores sociales A, B, C y D. Hace unos 10 años apareció el E (gente que sobrevive con un ingreso menor al dólar diario). Podría asegurar que dentro de otra década aparecerá el F (gente que vivirá del aire y del plancton marino).
Calculo que yo y la mayoría de mis colegas diseñadores (los más cercanos) debemos pertenecer al nivel C. Este es un limbo social devenido de aquella clase media de principios de los 80. Es como ser la Doña Florinda de la vecindad, vivimos en la miseria promedio pero nos damos ciertos gustitos, como el microondas, la PC en la que escribo este documento, un viajecito de vez en cuando, un celular y todas las tarjetitas de crédito que las tiendas chilenas (Saga Falabella, Ripley, etc) tan amorosamente nos extienden sin mucho problema.
Cuando recibí mi primer sueldo ya hace varios años (mediados de los 90), me pareció la propina de un padrastro. ¡Era literalmente una mierda!. Con el tiempo la situación no mejoró mucho. Luego de mi estadía laboral en una tercera oficina de arquitectura decidí no volver más a aquellos recintos de explotación. Pude darme ese lujo (un gustito más), pero para algunos amigos esa decisión hubiera sido improbable. Además, uno empieza a creer en eso del “ascenso progresivo”, ¡qué ilusión!, aquí nadie asciende, más importante es conservar el puesto de trabajo. Algo que me ayudó a optar por mi separación del status quo fue que el maldito horario de oficina (10 horas corridas) no me dejaba tiempo para otras actividades que siempre quise intentar (léase “pretensiones expresivas”), así que decidí ser un freelancer, ¡en el Perú!.
Como freelancer mi ingreso mensual a veces puede ser magro pero en otras puede estar a la par con los sueldillos de mis queridos amigos de oficina, lo cierto es que ni a ellos ni a mí, nos alcanza para independizarnos, así de simple, aquella es una ilusión cruel y que hace sentir a uno como si fuera un fracasado. Asumo las consecuencias de mi rebeldía y sé que en parte lo merezco por no alinearme con las directivas sociales, pero lo que me parece injusto, es que ni siquiera mis queridos amigos oficinistas pueden concretar ese sueño, parte del proceso personal de convertirnos en gente.
Mi madre se independizó a los 24 años (la voz de mi abuela la alteraba como ahora me puede alterar la suya). Se largó al interior del país en busca de aquel sueño de época llamado Reforma Agraria, eran los 70. Con su sueldo pudo vivir sola, luego, al estrellarse con mi padre pudieron comprar un auto, un terreno, poner un negocio. Después Alan García los cagó, a ellos y a todo el país, y nos implantó en una nueva realidad que ha devenido en el submundo en donde habitamos ahora. El punto es que su sueldo pudo alcanzarles para algo, antes de la crisis, ahora es muy difícil.
Muchos amigos míos son grandes especialistas en arquitectura, trabajan en oficinas públicas o privadas, algunos cambiaron sus hábitos desarreglados, dejaron de beber los días de semana; inclusive cosas más graves: dejaron de leer por falta de tiempo o abandonaron su afición a los deportes o al cine. Todo en nombre del progreso y la “evolución” propia. Sin embargo, ninguno ha podido independizarse, aún viven con los padres o en el domicilio familiar. En todos estos casos hay una cuota criminal de injusticia, todos son más talentosos que yo, debería reconocerseles su talento, pero por ahora eso no sucede. Los sueldos miserables de una nación en crisis perpetua en donde sólo aumentan sus ganancias los que tienen dinero, no se lo permiten. Entonces, para “ganar alguito” hay que multiplicar esfuerzos, “recursearse”, olvidarse del hueveo, de los proyectos personales, hay que hipotecar el presente por el futuro, por algo que no existe.
Cuestión aparte y de especial mención por el patetismo que encierra es el caso de los amigos que, en las condiciones descritas, optan por la escandalosa senda del matrimonio. Pienso, si uno no puede independizarse siquiera, ¡para qué amarrase con alguien!, será porque una pena entre dos, ¿es menos atroz?. Tal vez, es probable que por la mente de estos aliados maritales cruce la idea de que juntos y en comunidad podrán reforzar las arcas, sumar en un fin propio. Lamentablemente la mayoría termina asilada en casa de los suegros, así de triste, y esto resulta peor aún, ya que se vive incómodamente, se golpea la autoestima y el extraño en la casa tiene que ofrecer sus ingresos para la manutención del domicilio. Ese es el camino del casado: el infierno en la tierra.
No quiero hacer de esta disertación una colección de quejas, lo cierto es que la única manera de adquirir independencia es si toda la familia ayuda para ello, desde el patriarca hasta el perro. Si existe un proyecto familiar se puede expulsar al hijo hacia otros rincones, financiar sus épocas de vacas flacas con la idea de que despegue en algún momento. Pero para ello también debe existir cierto poder económico familiar, y en el nivel C a veces no es posible Otra salida: asociarse con otros desgraciados y tratar de llevar un proyecto laboral grupal, buscar un capital, soportar la escasez inicial, tener subvencionados algunos pagos, y echarse a trabajar. Aunque primero hay que resolver tres grandes cuestiones: con quién te asocias, de dónde sale el capital y en qué momento se forma esa sociedad. Menudo lío.
Mientras nada de lo descrito suceda, uno está confinado al domicilio familiar, si los horizontes no son claros es muy difícil optar por algo, se suele esperar a que las cosas “mejoren”. Conforme esto ocurra o no, uno reduce su mundo físico al de su habitación, los treintones asilados en casa de papá adquirimos hábitos extraños: tratamos de comer fuera o de comer en otro horario al de los padres, procuramos ser vistos el mínimo tiempo posible en casa aunque para ello haya que alterar las horas de sueño (dormir de día, vivir de noche), solventamos algunos servicios como el teléfono, agua o luz; pagamos el cable o el servicio de internet, aparecemos algún domingo con una pizza u ocasionalmente invitamos algún chifa a la familia. Hacemos de la habitación un bunker privado, compramos electrodomésticos propios: televisores, reproductores de dvd, equipos de sonido. Como no nos es posible vivir fuera invadimos nuestro propio domicilio, para no sentirlo ajeno, para no sentirse mal al momento de leer el diario que compró el viejo. Todo esto por vergüenza existencial, y dentro el resentimiento: si me pagaran lo gusto no tendría que pasar por esto. Si me pagaran lo justo, carajo, le compraría un refrigerador nuevo a mi viejita.
¿Saben lo que ocurre con las casas en el Perú?: se hacinan con el tiempo. Como al interior la familia empieza a reproducirse, la hija sale con su domingo 7, el hijo mete la pata con otra estúpida; de un momento a otro, la población doméstica se triplica. Entonces las casas empiezan a crecer hacia el interior; se ahorra dinero, se construye el segundo o tercer piso, aparecen escaleras en las fachadas para el ingreso directo a los pisos superiores y con esto se altera la arquitectura urbana y los domicilios suelen parecer castillos superreales con altísimas tasas demográficas. Nunca alcanza para independizarse, se tiene que aprovechar el dinero en el predio que la familia posee, aparecen camarotes, nuevos baños; desaparecen jardines, retiros, ventanas. Es la condena de la crisis.
Yo vivo solo con mis padres (mi hermana se asimiló a la casa de sus suegros) sin embargo, la sensación es la misma: vergüenza, fracaso existencial. Soy un freelancer , un mil oficios, un “sobreviviente”. Con cada una de mis actividades podría ganarme la vida decentemente en otras latitudes, pero no me quejo demasiado, trato de sobrellevar con algo de dignidad esta transición hacia no-se-qué. Sólo quisiera que alguien me pague lo que se me debiera pagar, pero si ni en el ámbito formal existe esto, mucho menos en el informal. La arquitectura como carrera tiene un 70% de subempleo, es el segundo oficio con la tasa de subempleo más alta. Como reza el graffiti: “Trabajo hay, lo que falta es quién pague”.
No me quejo pero me encebollo, aunque mis rencores se aquietan cuando pienso en la enfermera, el policía, el profesional fuera del centralismo limeño, la persona sin instrucción, el campesino, el abogado tinterillo, el vendedor de ofertas a domicilio. Pero también, si uno piensa mucho en esas cosas puede enloquecer, por eso dan ganas de vez en cuando de mandar al carajo las tribulaciones, irse a ver alguna película, adentrarse en algún bar, oír música en alto volumen, y con ello, abrigar la esperanza de algún día tener esperanza.
La deshonra no es vivir con los padres, es no poder irse, es pensar en que uno está condenado a procrear en su habitación. Seguramente alguno (o muchos) propondrán que aún con el magro ingreso uno debe largarse a la pensión más barata y hacerse hombre, puede ser, pero se pierde nivel logístico (teléfono, internet, un engrapador, comida en días de angustia). Eso no es auspicioso para alguien con pretensiones profesionales, el aislamiento puede ofrecer espacio y libertad pero uno puede terminar desconectado del resto, no conviene, menos a los 30 y con una carrera a cuestas. Con el dinero de aquella pensión tal vez sea mejor cubrir el gasto del teléfono y la internet. No es facilismo, son las salidas en medio de la crisis, es ese limbo, el de no querer ser un limpiador en un local de fast food (sin agraviar a los honrados limpiadores) sino pensar que lo que uno ha estudiado puede redituar algunos frutos, mantener la ilusión de que las cosas puedan mejorar. Mientras, habrá que robar manzanas en tu propia casa, y reponer un kilo cuando uno pueda hacerlo. Todo lo demás, aún es un proyecto.